sábado, 12 de diciembre de 2009

Todo saldrá bien. Primera Parte

Ennegrezca.
“Ten, nine, eight, seven, six, five…” la típica cuenta regresiva, el capitán John Wilhem, sentado frente a su computadora veía las distintas imágenes del transbordador. Estaba seguro de sí mismo, nuevamente podría celebrar con un puro. La misión sería un éxito. Había llegado el número mágico, “We have lift off…”. Con una sonrisa vio como se elevaba ese pesado cohete, ya sentía nuevamente las palmadas en la espalda felicitándolo. Ninguno de los propulsores tenía fuga, todos los controles mostraban que todo iba bien. Tomó el micrófono al frente suyo y felicitó a todos los que se encontraban en la habitación, el cohete supero la atmosfera terrestre, podían pasar a automático.

Se levantó de la silla y se dirigió hacia la ventana. John Wilhem era delgado y estaba perdiendo el cabello. Usaba gafas obscuras a toda hora, decía que lo hacía ver respetable. Su cara tenía siempre expresión de enojo, pero cuando una misión se cumplía sus facciones se suavizaban por unos momentos.

Por la ventana vio la torre de despegue vacía. Seguía sonriendo, esta vez estaba seguro de que vencería al enemigo. Sentía en su camisa la condecoración del presidente. Tomó el puro de su bolsillo, este le sabría muy bien, lo encendió y soltó una gran nube de humo. Con un suspiro se apoyo en la ventana y se puso a imaginar en todas las comodidades que un ascenso le daría. El instituto se lo daría, el prometió ganar a como dé lugar, y que haría que el país diera un paso adelante en esta interminable carrera.

Un sonido fuerte lo saco de sus ideas y sueños. Sorprendido se dio vuelta y vio el monitor de la sala de control, en letras grandes y rojas se encontraba la razón de su inminente despido. Abajo todos los asistentes, científicos y jefes de salas pegaban gritos, estaban desesperados, corrían a todos lados parecía que no sabían adónde ir. El capitán se quedo frio, su cara no expresaba nada, veía en todos esos rostros asustados el descontrol. Su nación habría perdido. Caminó por los escritorios hasta la gran pantalla; esto no podría estar pasando, pensaba con miedo. Se quito los lentes y tomó la silla más cercana y se sentó. Volvió nuevamente a las letras y se restregó los ojos. Golpeo el escritorio que estaba su lado con el puño.

“¿Se puede quitar el automático?” preguntó John Wilhem, pero nadie le hizo caso, todos estaban desconcentrados, llamando por teléfono, viendo informes. “¿Se puede desactivar el maldito automático? ¡Con un demonio, pongan atención inútiles!”

“Señor lo intentamos,” le dijo hiperventilado el profesor Carter “pero no responden los sistemas, le preguntamos a la tripulación si se podía hacer de manera manual, pero los controles no responden ¡no responden!” y dicho esto corrió a probar con las maquinas nuevamente.

Wilhem suspiró fuertemente y se llevo la mano a la cara, se la frotó. Se quedó ahí sentado. Los especialistas y los controladores le preguntaban qué hacer, pero ni una palabra salía de su boca, solo murmullos. La sala empezó a despejarse, nadie quería ver el desastre, nadie quería ver con sus propios ojos como el país perdería respeto ante su enemigo.

Estando solo, vio la sala de control, papeles en el piso, computadores destruidos y en la pantalla, esas asquerosas letras rojas. De alguna manera el puro seguía en su boca, lo tomó y lo apagó en el escritorio, lo despedazo y lo tiró contra el suelo. Su boca tenía un sabor horrible, iba a vomitar, probó el triunfo sin haberlo obtenido, en su mente las ideas no eran claras. Tomó algunos informes, pero él sabía muy bien que la respuesta del fatídico evento no estaría ahí. El fue el único del instituto que vio las imágenes, el vio como cinco personas perdían la vida. Apretó la mandíbula y sus ojos mostraban ira y culpa a la vez.

“Hicieron lo mismo, esos hijos de puta hicieron lo mismo” dijo en voz baja, y salió de la sala arrastrando su débil cuerpo derrotado.

* * *

“¡Señor!” gritaba la difuminada y robótica voz del intercomunicador, “¡Señor ya estamos preparados para el despegue! ¡Necesitamos órdenes ahora! ¿General Novikov, está ahí?”
Dentro de la obscura habitación y frente al enorme escritorio de madera se encontraba el General Novikov. Estaba repasando varios informes y documentos. Era la tercera vez que ese aparato y su voz incómoda le molestaba la labor; al parecer olvidaba que era él estaba a cargo de la estación espacial Vostok. Gruñendo fuertemente, dejó de lado su cigarro y alcanzo el botón del artefacto.

“¡Ustinov!” grito Novikov fuertemente, “¡Inepto! La misión ya fue reconocida como válida, solo siga el maldito procedimiento.”

“Ya lo hicimos señor” respondió Ustinov con serenidad “solo necesitamos que proceda con el conteo, es parte del procedimiento.”

Con un gran suspiro, Novikov comenzó a contar, “Десять девять восемь семь…”, de repente una gran emoción le empezó a llenar. Pensaba que al llegar al uno, ya habría ganado en la carrera contra los enemigos. Sentía el poder en su voz, “… шесть пять четыре три…” sentía el poder ciertamente. Elevó la voz, sentía que el cero de la cuenta regresiva sería el momento del regocijo. Una sonrisa empezó a aparecer en su cara, la madre Rusia ganará esta. Y por el éxito que obtendría, volvería a ser instalado en alto mando de la estrategia militar de la Unión Soviética. “…два один ноль”.

Rápidamente, se dirigió a la serie de monitores que estaban a su derecha. Los encendió y vio varias imágenes. El cohete despegando, el trayecto y su situación. Su cara severa, pero feliz veía como su futuro se iba para arriba. Como volvería a estar en una oficina mejor iluminada, tomando decisiones que valían la pena. Y con una risa profunda y entrecortada, volvió la mirada a los documentos que estaban sobre su escritorio. Pensaba que esta vez, la madre Rusia estaría orgulloso de sus actos.

Tomó el cigarro nuevamente. Las bocanadas estaban llenas de gracia. Se levanto de la silla y se paseo por la sala. Tomó un maletín y en el, comenzó a colocar todas sus pertenencias, las que consideraba importantes. Por fin salía de ese agujero para inútiles, por fin empezaría a tomar decisiones de origen militar, las que importaban. Volvió al escritorio a tomar los documentos que le iluminaban la cara cada vez que les dirigía la mirada, pero el sonido electrónico y molesto del intercomunicador lo detuvo.

“¡Señor!” gritaba Ustinov desesperado, “¡El curso de la nave ha cambiado, la comunicación con la cabina de control se ha cortado, están volando a ciegas y desde aquí no podemos hacer nada!”
Los pequeños ojos del general se abrieron en asombro. Empezó a respirar rápido y suspiraba fuertemente. Su pecho le empezó a doler. Corrió rápidamente a los monitores. La trayectoria sufría un cambio radical, parecía que la nave volvería a la atmosfera terrestre. La situación del transbordador era desconocido. Novikov apretó fuertemente la mandíbula y sus dientes empezaron a rechinar. Su respiración se volvió más fuerte.

“¡No!” grito fuertemente. Y con sus fuertes manos lanzó los monitores al suelo.

“¡Señor!” sonaba desesperado Ustinov “¡el transbordador va en dirección de colisión, otra nave se acerca, parece americana! Los controles no funcionan, están perdidos”

Con rapidez, Novikov se abalanzó al interruptor del intercomunicador. “Hemos sido saboteados señores, los americanos nos han saboteado el condenado cohete”

Con ambas manos tomó el intercomunicador y lo desconecto. Su euforia estaba disminuyendo. El pecho ya no le molestaba tanto. En la sala de control, los presentes veían como el transbordador soviético impactaba en pleno espacio con un transbordador estadounidense. Novikov se sentó en el sillón de la oficina y enterró su arrogante cara en un almohadón, gritó con fuerza. Su sueño, sus decisiones políticas y militares se veían truncadas. No avanzaría, estaba muerto. Este error le costaría la vida.

Se levantó lentamente, camino hacia su escritorio y tomo su cigarro. Tomó una bocanada más, esta salió débil y laxa. Luego lo puso sobre los documentos, prendiéndolos en fuego. Consumiendo su información, aquella que le había garantizado su libertad del terrible trabajo, del deshonroso puesto que ocupaba. El calor quemaba páginas de páginas con evidencia. Evidencia que mostraba cómo fueron contratados los servicios de un agente de la KGB de manera ilegal. Datos que mostraban como este agente saboteo el transbordador estadounidense. Informes que incriminaban a Novikov en una misión encubierta, la cual el estado soviético no tenía conocimiento, que falló penosamente.

Lentamente el fuego empezó a trasladarse por todo el escritorio. Novikov solamente se quedó ahí viendo. Esperaba su muerte y estaba preparado. Su siempre presente dignidad no lo dejaba escapar, enfrentaría el error cara a cara.

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