sábado, 12 de diciembre de 2009

Necesito hablar con ella

El sonido fuerte de los tacones resonaba por toda la acera. Caroline se alejaba furiosa y rápidamente. James la observo, su cara con expresión severa, no se sentía culpable y sabía que no se sentiría así en las próximas horas. Sabía que la razón la tenía él y que ella estaba en el error. Su cabeza giraba de lado a lado mientras veía como la figura de Caroline se desvanecía en la distancia, se dio la vuelta y empezó a caminar con paciencia. Esta pelea había sido muy grave, profunda y casi irreparable. Con sus manos en los bolsillos y con lentitud que parecía detener el tiempo mismo, camino por las alamedas y caminos de la universidad.

James se sentía como en una película, al parecer todos los elementos de un drama novelesco se estaban conjugando en ese instante. El viento le acariciaba la cara, estaba frio, eso le gustaba, lo hacía pensar sobre sus decisiones, sus actos y su vida. Era el atardecer y el cielo se llenaban de colores naranjas y morados, en la lejanía se veía una nube que anunciaba lluvia. Siguió caminando por cada recoveco de las facultades y plazas de la universidad. Pensaba que necesitaba una buena canción triste y melancólica de fondo, mientras reflexionaba sobre lo sucedido con su novia. Si no hubiera sido algo tan serio, pensaría en la excelente actuación que estaba llevando a cabo.

Llegó a la facultad de medicina y se sentó en las escaleras que llevaban a ésta, sentía que en ese lugar repasaría los eventos y encontraría una posible solución que aquejaba la relación. Tal vez, pensó demasiado, tal vez el sentimiento de culpa que intentaba contener en lo más profundo de su ser encontró por donde fugarse o simplemente él fue un completo idiota; tanto pensar lo llevó a una fatídica conclusión, una conclusión a la que ninguno de nosotros en esa situación no desearía llegar. Conectó todas las partes, sumó todo los elementos: el estaba equivocado, el estaba en el error. Le había gritado con gran vehemencia (y saliva) como sus ideas estaban en una posición tan errónea que si ella hubiera sido presidenta del país habría recibido más años en prisión que aquel político corrupto que salió tantas veces por televisión. Mentirosa la llamó, insulsa y otros insultos más graves que no pronunciare aquí, pues la historia no trata sobre cosas tan mundanas… espero.

¿Qué había hecho? Se preguntaba, mientras se jalaba el pelo con ambas manos. Que estúpido había sido. Se levanto y camino de arriba abajo, estaba molesto consigo mismo. Qué tontería llegó a hacer; el error es la maldita facultad del ser humano, que nos recuerda que somos eso, seres humanos. Después de un momento, James se detuvo, metió su mano en el bolsillo derecho y tomó el celular. Eso haría, eso sería su solución, burda, impersonal y desesperada. La llamaría por el celular y le pediría perdón, le diría que ella tenía toda la razón. Mientras lo sacaba de su obscuro escondite, James se imaginaba como besaba (y más) a su novia, en símbolo de reconciliación; poniéndonos en serio, se estaba mintiendo a sí mismo para olvidar que lo contrario a su sueño era una opción. Llevó el pequeño aparato a su cara, estaba apagado, le pareció extraño, él siempre lo llevaba encendido. “No hay nada de qué preocuparse”, pensaba reafirmándose que todo iría bien… mintiéndose nuevamente.

Presionó el botón de encendido, el celular se prendió sin problemas. Rápidamente marcó la clave de seguridad, de repente la infernal señal se mostraba ante sus ojos: “Batería baja”. Aspiro fuertemente, sus ojos se abrieron en sorpresa. La velocidad era lo necesario. Buscó el número de Caroline, pero su fútil intento de velocidad le entorpecía las manos y marcaba números equivocados, el maldito mensaje de la batería mostraba el poco tiempo que a James le quedaba para realizar esa llamada que salvaría (supuestamente, virtualmente, teóricamente) su preciada relación. Al fin, el número de Caroline había sido marcado, solo era necesario apretar el pequeño botón de “llamar”. James estaba tranquilo, sentía que había ganado la carrera contra el tiempo. Se llevo el teléfono al oído, repicó el tono una vez, dos veces, tres veces… “bip bip bip” empezó a sonar el celular. Su batería estaba por darse por vencida, no estaba del lado de James esta vez. “Bip bip bip” sonó con más rapidez.

“¿Aló?”, sonó la voz de Caroline, con felicidad James saltó alto, “¿Por qué me llamás pedazo de im…”

James levanto una ceja, ¿qué habrá pasado? ¿Por qué habrá dejado de hablar? Se preguntaba. El teléfono había dado su último respiro. Su potencia fue suficiente solamente para entregar la mitad de un posible insulto indecoroso lanzado con el propósito de enojarlo más.

Estuvo ahí de pie por lo menos quince minutos. Viendo esa pequeña máquina electrónica sin vida. Parecía que lloraría por el simple hecho de que se había quedado sin baterías. Echó su cabeza hacia atrás, preparado para gritar fuertemente; no lo hizo, se dio cuenta de que había mucha gente a su alrededor, le dio vergüenza. Empezó a caminar, viendo la pantalla vacía y sin gracia del celular. Caminaba sin rumbo alguno.

Increíble esta sociedad, todo se ha vuelto tan privado que se olvida que podemos compartir ciertas cositas que el gobierno nos da, cositas que nos hacen la vida menos complicada ¿no?. Una de ellas el teléfono público, una cosita que nos ayuda cuando no tenemos baterías en nuestros privados celulares, para nuestras privadas vidas, para compartir con otras personas privadas… y públicas (somos privados en carne y hueso y públicas en versión electrónica)… perdón no puedo evitar esto, estudio una ciencia social… volvamos a la historia, James.

James, recordó el metálico, sucio y escupido regalito del gobierno. Corrió con todas sus fuerzas por toda la universidad tratando de encontrar uno que lo sacara de este predicamento sentimental. Resulta que gracias a lo privado de los celulares, lo público empezó a desaparecer, solo hay tres frente a la biblioteca y James estaba muy lejos de ellos, en realidad no sabía de su existencia. Gran carrera llegó a dar, maratónica velocidad. Cuando los encontró, su cara se llenó de felicidad, sentía como la mentira del “todo estará bien” lo invadía.

Tomó el recibidor del primer teléfono, buscó tono, pero nunca lo escucho, posiblemente estaba dañado. Levantó el segundo, gran gorgojo goteaba de éste. Levantó el tercero, limpio y con señal. Estaba preparado para marcar esos números. Ese era nuevamente su plan, llamar, pedir perdón, reconciliarse; eso era lo que escuchaba varias veces en una constante repetición. Su dedo, empezó a acercarse al ocho.

Bueno, no avanzó más. Ese dedo no se movió de ahí por mucho tiempo. No sabía que números marcar, James no se sabía de memoria el teléfono de su novia, confiaba con extrema fe y religiosidad en su pequeño celular que guardaría de manera fiel y secreta los hermosos números de su hermosa amada, pero esta vez tanto secreto le falló en su intento de recobrar algo que perdía poco a poco.

Pero, ¿qué haría ahora? Su mirada estaba perdida en los nueve números y los dos símbolos del teléfono, esas piezas de metal chino eran ahora una barrera insuperable; no, era su memoria la barrera, esas piezas eran el símbolo de su idiotez en marcha. Decidió después de unos minutos marcar a información (ven, idiotez en marcha).

“Buenas, le habla Miguel”, le contesto la voz del desconocido de distinto nombre.

“Buenas”, le respondió James con nerviosismo y apuro; sus palabras no salían de buena gana, “eh, si buenas… eh por favor con el teléfono de mi novia, digo, de Caroline Franco… no suave, Caroline Fransick; sí Fransick.”

“¿Con compañías Franciscanas?”, pregunto con aparente somnolencia.

“¡No!”, grito con fuerzas James, “con el de mi novia… no, con el de Caroline Fransick”
“De acuerdo, pero ¿es una compañía, empresa o restaurante?”

“¡No!”, James estaba desesperándose, “es mi maldita novia, mi puta novia, me pelee con ella y ahora quiero pedirle perdón. Me cago en usted imbécil sin cerebro, incompetente de mierda…. Cualquier cosa amo a mi novia”. Bueno, por lo menos se disculpó ¿no? Hace que sus sentimientos hacía su próxima ex-novia no se escuchen tan severos.

“Lo siento mucho señor”, la obvia noticia era entregada al destinatario, de forma casual y tranquila, “pero no podemos otorgar información de particulares, políticas de empresa.”

James mientras escuchaba la terrible noticia, soltó el teléfono. Éste cayó libremente y con fuerza golpeándose varias veces en la carcasa de acero del teléfono. Se alejó con lentitud y torpeza de los públicos. Camino bastante antes de que su siguiente idea se apareciera al frente suyo. La tarjeta del celular, si lo ponía en otro podría buscar el número de teléfono de su amada… tal vez, debería cambiar esa denominación, vimos como expresa maravillas poéticas con un toque de cotidianeidad de la preciada mujer.

Intento buscar a sus amigos por toda la universidad, no los encontraba, el tiempo apremiaba en la circunstancia en la que se encontraba este caballero desmitificado (joven sin esperanzas). No tenía salida, tendría que recurrir al último recurso, ninguno de sus compañeros apareció con la magia de la noche. Utilizó la herramienta, el “disculpe, vengo ante usted en una posición de humillación y humildad al pedirle ante Dios que me preste su celular. No se lo robaré, pues no soy de la calle, ni vengo de una mala familia, solo soy un joven desesperado en búsqueda del gran amor, de la media naranja que todos buscamos.”

Muchos le rechazaron su propuesta, su cuerpo hincado y sus falsas lágrimas. Pero una mujer, una de tantas tuvo un corazón débil para no resistir tal espectáculo de un payaso inmiscuido en una situación terrible y mortificante. Con agilidad esta vez, tomó los celulares e intercambio el chip. Buscó en contactos el número y como si fuera un tesoro perdido por años, celebró al encontrarlo. Lo marco, presionó el botón de llamado, pero la mano de la muchacha se interpuso entre su oreja y el aparato.

“Un momento”, decía de manera cínica y con una sonrisa, “¿qué está haciendo? Yo se lo preste para que buscara el número, no para que me gastara plata.” Se lo arrebato con un movimiento rápido, apunto el número en un papel y se lo entrego sin cortesía.

“Gracias”, le respondió con una bellísima cara de enojo y de “me cago en vos, care…”. Perdón, nuevamente les menciono que al decir estas palabras nos desviamos de un suceso común que no es importante, pero aun así, que vale la pena contar.

Sin detenerse ante nada, James corrió hacia los públicos y tomó nuevamente el tercero. Algo había pasado, pues no encontraba señal. Tocó los números con animal locura, golpeo el teléfono, pero no sonaba el repique. Siguió el cable aluminado con la mirada, estaba suelto. Al haberlo soltado de esa manera en su primera visita, provocó que el teléfono se soltara un poco y los golpes que provocó el vaivén del mismo, daño las partes internas.

“Me cago en el maldito imbécil televisor, siempre requemando mis neuronas”, murmuró con enojo. Miro con duda el segundo teléfono, ese servía, pero el hermoso escupitajo seguía chorreando, amarillo contra la luz artificial del farol. ¿Qué habría comido esa persona? ¿Papas de sabores? Tomó con desprecio el recibidor, empezó a acercarlo a su oreja, pero un extraño olor salió de él. Ganas de vomitar estremecieron su cuerpo. No pudo sostenerlo más, lo volvió a colgar.

Levanto la mirada por encima de los teléfonos, y vio una mina de oro. La Calle, con su gran cantidad de bares, fotocopiadoras, bares con fotocopiadoras, con su común denominador; montañas de basura y olor, insectos rastrero y líquidos de extraña procedencia, papel higiénico con manchas de todo color, entre otras cosas desagradables para el desagradable ser humano. Odiamos nuestros desechos, pero amamos el desecho en la calle, le da el toque urbano. James se adentró en esta jungla de mierda y camino por sus calles, buscando algo que no mencione antes, el café internet (posiblemente con bar incorporado).

Entró al más barato e inició sesión. Le escribiría un correo a su novia, sin percatarse que ella lo podría leer demasiado tarde o que simplemente lo borraría. El amor nos hace imbéciles, no pensamos bien, solo esperamos el fin, el medio y climax son secciones de la película que no nos interesa. La vida para James no era vivirla, solo terminarla.

Entró al correo, escribió la dirección y la clave. Estaba en su bandeja de entrada y empezó a leer los chistes y mensajes que había recibido… ¿Qué? Pero ¿cómo es posible? Se preguntarán. Él ciertamente amaba a su novia, el correo podía esperar, el amor puede ponerse en espera por un par de chistes machistas y uno sobre unos niños de tres años teniendo sexo. Cuando su memoria se reactivo del progresivo retraso mental que sufría, empezó a escribir sus bellos sentimientos como si fuera todo un poeta callejero.

“Mi amor,
Después de haber discutido tan fervientemente sobre ese terrible tema que nos separó hoy, que nos arrancó el corazón a ambos y los cortó de sus fuentes vitales, cada uno de nosotros es esa fuente vital (¿Para qué explica este simplón símil?), reflexione sobre todos los hechos y…”

Perdió la inspiración. No sabía que escribir. Veía el reloj constantemente, entre más tiempo perdía más se sentía lejos de Caroline. De pronto, La Calle se iluminó con un gran reflejo, fue un relámpago, seguido del ruidoso trueno. James miró por la ventana y vio como uno a uno los comercios quedaban a obscuras. Volvió a lo suyo y empezó perder la razón. Escribió con velocidad sin ver las tonterías que escribía. Las tinieblas estaban cerca y no había tiempo de pensar.

Había terminado la pseudocarta de amor lacrimoso. Solo debía colocar el puntero en “enviar”. Pero fue muy lento. Apenas puso su mano en el ratón, la corriente había desaparecido y James quedo frente a la pantalla negra de la computadora y a obscuras.

El silencio que se da después de un apagón tranquiliza ¿no creen? Yo en lo personal me pongo a pensar en lo estático de los cuerpos. El tiempo no funciona cuando se va la luz, el ser humano tampoco. Nuestros cuerpos en constante putrefacción pierden el ritmo y la lentitud se vuelve su compañera. Nuestros cerebros no saben divertirse ya con la obscuridad, por eso nos juegan bromas y el miedo nos invade. En esa posición vemos a James, viendo esa pantalla fría, donde sus sentimientos fueron puestos en crudo con símiles y metáforas (que parecían ser escritas por un infante), las cuales se esfumaron. El miedo lo invadió, su cerebro en obscuridad se volvió en una telaraña de paranoia, sentía como su corazón unido como siamés con el de Caroline era separado fuertemente con intento de dejar lastimosas cicatrices.

Se levanto y salió del café internet. Camino sin rumbo por las aceras atiborradas de basura y personas. Camino despacio y pesado mientras su mente intentaba descubrir que otra opción se le podría presentar para cumplir su desesperado cometido que durante toda esa tarde le habría desperdiciado su valioso tiempo que pudo utilizar en su casa estudiando (¡Vamos! ¿Cómo va a estudiar un muchacho que es tan bruto como éste? Los más inteligentes ya habrían desistido y se hubieran olvidado de la maldita novia).

Mientras chocaba con las personas que caminaban por la acera y escuchar uno que otro insulto (bien merecido), James pensaba en su amor pronto a estar perdido. Salió de la calle infecta de ratas y volvió a terreno universitario. Se sentó en el parque y vio como dos perros jugueteaban, pensaba en lo gracioso que sería tirarlos a la fuente o corretearlos; esos animales absorbieron toda su concentración. Simples zaguates hacían jugarretas en su mente, piruetas difuminadas en un ambiente de concreto, iluminados por un farol (la electricidad había vuelto y nuevamente los edificios en pudrición histórica de la universidad brillaban nuevamente). Uno mordía al otro, se echaban encima, se volvían a morder (¿quién era Caroline para alguien que la olvida por dos caninos? ¿Quién era esa mujer que le había hecho la vida imposible a James? ¿Cómo era su voz? ¿Cómo eran sus ojos? Este incompetente con déficit atencional perderá a la que, estoy seguro querido lector, nunca amó).

Me contaron estando un día mientras disfrutaba el sol en el llamado “pretil” universitario, cómo James era indigno de ser el novio de Caroline. Esa persona que hablaba mal de aquel muchacho que no encontraba solución a un problema simple y cotidiano (problema que le mostraba como un mequetrefe pronto a ser denominado como el terrible representante de la escoria que es el humano), me decía que solamente buscaba dinero, y Caroline era su opción para ello. Ella se volvió solo una cosa para él, un objeto, la utilizaba para sus preciados deseos: dinero y sexo. No se sentía solo, no era su preocupación, el hijo de puta, ni la quería. Cuando decía que la amaba, no era a ella, sino lo que le representaba. Mejor dejo de comentar esta conversación que tuve hace tanto tiempo, si sigo terminare más molesto de lo que me encuentro en este momento.

Bueno, después de haber dejado escapar veinte largos minutos realizando la incomprensible tarea de ver dos animales hacer nada, James tuvo la necesidad de ver la hora. Levanto su muñeca y entró en razón. Faltaba un minuto para que el bus de Caroline dejara atrás las instalaciones de la universidad. Se levantó y corrió a gran velocidad, su banco estaba escapando en una carcacha. La divisó pasando justo frente a él. Corrió con todas sus fuerzas hasta colocarse a un costado del vehículo, golpeo fuertemente la puerta. Gritaba a todo pulmón el nombre de Caroline; mientras el chofer le hacía señas que no había asientos disponibles, se tendría que ir de pie (el bus estaba a desbordándose, cómo les agrada a estos estúpidos llenarlos ¿será que es una competencia? Entre más lleno, más hombre). James no encontraba respuesta a sus alaridos, por lo que apretó el paso, pasó al autobús y se detuvo al frente del mismo. Con un chillonazo y frenando bruscamente el bus quedo quieto a poco centímetros de la cara de James. El chofer abrió la puerta y James entró sin cuidado, llamó a Caroline, pero nadie respondía. El chofer se levanto de su asiento.

“Muchacho,” dijo pacientemente, “me pasó las barras, ahora usted me va a tener que pagar.”

“Estoy buscando a Caroline, “le respondió James con apuro, “¿la conoce? Es…”

“Mire,” interrumpió el chofer, “no me interesa a quien busca, me debe los mil cuatrocientos cincuenta del pasaje porque usted me paso las barras.”

“¿Mil cuatrocientos cincuenta? ¿A dónde se dirige el bus?”

“San Morim”

Sí, puede sonar cliché y muy conocido, se subió al bus que no era. Cuando lo vio y empezó a correr, vio que era muy parecido a los que usa la compañía de los buses en los que viaja Caroline, pero parece que James no le funcionaba el cerebro entonces. No recordaba que una compañía de automóviles hace más de una pieza por modelo.

Desilusionado y con dolor, saco su billetera, no tenía dinero suficiente para pagarle al chofer. Subió la mirada y lo vio con ojos tristes. Eso no le gusto al chofer. Lo tomó de la camiseta y lo sacó con un empujón, cayendo de bruces sobre el asfalto; mala pasada se llevo su cara. Se levantó sin esperanzas, mecánicamente y con dolor. Volvió a ver la hora, el bus Caroline ya se habría ido para entonces.

Camino nuevamente al pequeño parque de la universidad, iba a la biblioteca a limpiarse. Adiós al dinero y al delicioso sexo; ambos regalos en los que su vida se basaba. Entró sin ser notado y fue directo al baño, pero en su camino se encontró con una sorpresa. Si cara desfiguraba mostraba asombro. Caroline se encontraba sentada frente al recibidor, ella trabajaba en la biblioteca ese día y James lo había olvidado. Se acercó.

“¡James!” exclamo Caroline entre dientes, “¿qué putas hace aquí? ¿qué le paso en su cara? ¿Por qué no me deja en paz? Ya no hay nada que discutir, creo que lo dejó bien claro al colgar de esa manera el teléfono.”

“¡No!” grito James, “eso fue otra cosa, al celular se le gastó la batería. Por favor Caroline, déjeme explicar, no se imagina todo lo que he hecho esta tarde para poder contactarme con usted. Yo la amo con todo mi corazón y se me da el tiempo le cuento.”

Era evidente que Caroline le daba asco aquella masa que estaba al frente suyo. Quería divertirse con él, hacerlo sufrir. Quería verlo suplicar, por lo que le concedió el tiempo que pedía. James le contó toda su travesía, todas sus estupideces, como el destino le engañaba y le dejaba en una peor situación. Le demostraba su esencia humana, la imperfección y crudeza de estos cuerpos abominables. Las pobres decisiones y la humillación. Algo en esta mala y novelesca historia, simplona y que a usted lector no le ha dado nada en que pensar, hizo que Caroline reflexionara sobre el “sacrificio” que hizo James por intentar mantener la relación a flote.

“James, querido,” dijo Caroline soltando una que otra lágrima, “yo pensaba otra cosa de usted. Al escuchar lo que hizo y las consecuencias de sus acciones, me ha demostrado…”

James, ya no la veía a los ojos. Perdió su concentración. Su mirada se perdía en uno de los pasillos de la biblioteca, entre unos estantes. Ya no pensaba en Caroline. Justo como sucedió al ver los perros juguetear, James estaba inmerso en otro pensamiento. Caroline le llamaba la atención, se enojaba más por cada segundo que pasaba. Ella giro su cabeza y siguió la mirada de James. Estaba viendo otra presa, otra cartera con piernas, otra vagina que le complacería en todo lo que quisiera. Maldita quien lo parió, James; maldito el día en que sus padres se conocieron y decidieron procrear esa bestia.

Él veía a Sharona, su excompañera de apartamento. Ya se habían conocido íntimamente y ella le había dicho que quería llevar la relación a algo serio, pero hace una año ella se había ido a Francia. Caroline se molestó mucho, lo pude ver, sus ojos estaban rojos, lágrimas brotaban de manera desagradable, los gritos se escuchaban por toda la biblioteca. Cerró su mano y con un veloz golpe le dio un puñetazo en una de las heridas que James tenía en la cara. Esa mierda humana cayó al suelo y lloró del dolor. Caroline lo pateo varias veces y se fue. Sharona asustada, reconoció a James y corrió a ayudarlo. Se miraron a los ojos, fue la escena más cursi que había presenciado en mi vida. La promesa se cumpliría, la relación estaría en un nivel más serio.

Bueno, lector, no sé porque les cuento esto. Tal vez mi enojo me obliga a hacerlo, liberar esa presión que me está matando en la mente ¿me entienden? Después del suceso en la biblioteca me encontré con Caroline y como amigo le intente consolar, ahí ella se desahogó y me hablo sobre lo que sucedió en esa tarde. Esa historia me mantuvo tenso por mucho tiempo, aún cuando empecé a recordar la conversación que mencioné, porque fue el mismo James quien la presidió. Ya me siento mejor ahora que pude contarle a alguien, se que ustedes no les hará desvelarse por la noche, pues no conocen a Caroline y a James. Me sorprende como las personas consideran cualquier cosa como una buena historia. Gracias por haber leído estos trazos inútiles.

Fin

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