viernes, 18 de diciembre de 2009

Crujidos que abrigan. Segunda Parte

Al terminar mi deliciosa cena, me levante satisfecho y me dirigí a la sala de estar. Esos sillones que se mostraban relucientes y cómodos, al pasar una división; me llamaban para descansar. Me hundí en uno de ellos y comencé a leer una de las revistas que estaban a mi derecha. Sentí un escalofrío recorrer mi cuello y la torre de revistas se desplomó. Tuve la sensación de que aquella hermosa habitación se empequeñecía y se obscurecía, tuve miedo, los crujidos que la sala provocaba eran insoportables, eran terribles, Penélope se estaba haciendo daño. Tuve miedo, la primera vez que mi casa me provocaba temor e incomodidad. Me aferré fuertemente del sillón, sentía que moriría aplastado por mi hermosa casa. Sonó frenéticamente el timbre y la habitación en la que me encontraba comenzó a acomodarse e iluminarse fuertemente. Volvió a su estado original. Pensé que solamente fue el frio o mi cabeza jugándome bromas.

Nuevamente el timbre sonó con desesperación. Me levante y fui a atenderlo. En la puerta de vitral vi dos formas obscuras, una más alta que la otra, eran una mujer y una niña. Abrí la puerta con temor, los visitantes a esta casa eran escasos.

“¿Sí?”, pregunte asomando la cabeza. “¿Qué desea? ¿Es vendedora?”

“No”, dijo la mujer con una pequeña sonrisa. Era bellísima, esbelta y alta, casi de mi tamaño. Vestía con jeans y blusa de tirantes. Su cara era una gema, sus ojos verdes como el pantano y su piel obscura y quemada por el sol.

“¿Entonces? ¿Qué espera? ¿Qué necesita? Si no habla pronto le tendré que pedir amablemente que se retire, estoy pasando una hermosa velada y no me gustaría que extraños me la arruinen.”

“Querido,” me dijo con suavidad, casi me hace soñar su voz. “no me reconoces, tal parece. Me voy por unos segundos y ya te me haces el desconocido, es gracioso, deja las bromas y hazme el favor de darme un espacio para entrar. Hace frio.”

“¿Querido?” pregunté atónito. “mire señora, no la conozco, nunca le he visto en mi vida. No pienso dejarla entrar a mi casa, nunca lo he hecho con extraños. ¿Puede irse ahora mismo? Y no olvide a su hija. Si cree que la voy a cuidar si la abandona, está muy equivocada.” Lo dije con autoridad y sin debilidades, así entendería que mi Penélope no la permitiría entrar.

“¡Vamos!” me grito, “deja de jugar, ya me estoy congelando. No veo divertido este juego. Y que no reconozcas a tu hija me hace molestar aún más.”

Vi a la pequeña niña con su muñeca. Era igual de hermosa que su madre, tenía muchas facciones que me llamaban la atención. Su cabello era rizado pero no perfecto, su piel obscura le aumentaba el brillo.

“¡Déjame entrar!” me grito la mujer con enojo, eso me asusto, me sentía amenazado y ansioso. “somos tu familia…”

¿Familia? Qué hermoso sería tener una familia. Compartir con alguien en esta hermosa casa. Me sentía solo, pero no lo mostraba, no lo reflejaba en mi exterior, inclusive trataba de no pensar en ello, no quería que Penélope creyera que una familia era más importante que ella. Pero aquí en el marco de la puerta se encontraba una hermosa mujer con una cariñosa y tierna niña, que decían que eran mi familia. Mi esposa y mi hija. Este sentimiento de amor que hervía ahora en mi cuerpo era más fuerte cada vez que miraba en los ojos de la pequeña criatura. Mis pasiones por Penélope desaparecían, ahora tenía una familia, alguien a quien abrazar. Un ser humano. Carne y hueso contra madera y clavos.

Hipnotizado, me hice a un lado y deje pasar a la extraña y a su hija. Ella me dio un beso. Solté un suspiro y una lágrima corrió por mi mejilla. Le tomé la mano la halé a mi, y con una candidez y calor nuestros labios se unieron. Sentía por fin a una persona a mi lado, sentí en su pecho el corazón y en sus labios vida ¡vida! No seguiría preocupándome por algo que era hermoso pero no me daba nada a cambio. Marielos me daría vida, ese era su nombre. Lo obtuve de un recuerdo perdido en mi memoria, en un recóndito olvidado de mi creciente y golpeada caja de pasados, de esos agujeros negros que uno decide construir para eliminar a alguien o una situación.

Después de ese beso lleno de vida y de humanidad, me agaché y le di un beso en la frente a Sara. Sentí su piel, mis manos acariciaban sus brazos y escuché una risita. Ese sonido dio justo en mi alma, ella tenía espíritu, ella vivía. Me senté en el suelo y comencé a llorar. Mi esposa me abrazó y me susurró palabras simples y hermosas, estaba feliz. En mi mente Penélope ahora era una caja vacía y nosotros tres la llenábamos. Marielos y su habilidad poética me daban fuego para continuar en el obscuro trayecto de la vida, sus palabras que rimaban y representaban el ferviente amor y aprecio que me donaba de forma incondicional eran como el suave sonido del viento que atraviesa por las paredes de un cuarto y que forma un eco que recuerda la vidas de las personas que alguna vez habitaron ahí. Recuerdo, memoria, nunca olvidaría mi vida desde ese momento.

Sara nos vio y echo otra risa, otro sonidito de esos, que sonaban como la espuma del mar cuando se deshace, cuando ese millar de burbujitas estallan al mismo tiempo. La tome del brazo y la acerque para que nos abrazase, a su madre y a su padre. Nos separamos y le volví a dar un beso a cada una de ellas, para tener nuevamente la sensación de que eran reales.

Les dije que en la sala estaríamos más cómodos. Estando allí, ella se dirigió a uno de los armarios en los que libros de grandes autores eran almacenados con dedicación y cuido. Tenía duda sobre que buscaba detrás de las puertas de caoba. Del mueble saco un libro de pasta dura muy grande y se sentó a mi lado. Era un álbum de fotografías, nosotros tres éramos los protagonistas de esas imágenes que reflejaban la felicidad de una época lejana. Nuestra boda, el nacimiento de Sara, una fiesta perdida en un año de eventos humanos y con vida, mis padres, sus padres. Nosotros. Nunca había visto esas fotografías en mi vida, pero me hacían sentir que tuve una y que la seguiría en el futuro, me hacían ver que todo era real. Tenía una familia y eso nunca cambiaría, mi sueño profundo y secreto, mi deseo pecaminoso y silencioso se volvía realidad y sería mejor al cuido de Penélope. Ella nos ayudaría a tener seguridad. Veo dos hermosas mujeres en mi sala de estar y no soportaría ver cómo son arrancadas de mis manos, no lo soportaría jamás.

Les dije a ambas que se acercaran, les di un fuerte abrazo. Las besé. Lágrimas volvieron a mostrarse orgullosas de mis ojos. Estaba feliz. Mi pecho estaba lleno, tenía espíritu, tenía alma, no era simplemente un loco que amaba una casa, ahora era un padre que amaba a su esposa y a su hija. Me levante y les dije que era hora de dormir. Nos fuimos al cuarto piso y vi al final del pasillo una luz, nos acercamos con expectativa y vimos que era el cuarto de Sara. Estaba decorado con su color favorito y una hermosa cama que hacían recordar duendes y cuentos de hadas. Su cara estaba iluminada, se acostó en seguida y me senté a su lado, le di un beso en la frente y le deseé las buenas noches. Su luz nocturna era bellísima, estrellas y lunas giraban en el techo con un paso paciente y tranquilo, la hicieron dormir en seguida.

Marielos y yo nos dirigimos a mi cuarto. Ahí estaba esa enorme cama, ordenada e impecable. Ahora estaría completa. Nos sentamos uno de cada lado. Con rapidez nos abalanzamos hacia el otro y nos besamos con gran pasión. Ella se despojo de su blusa y yo de mi camisa. Estaba feliz, estaba extasiado. Sentiría el climax por alguien y no por algo, después de un largo tiempo. Sentí sus senos en mis manos eran firmes y con la piel suave. La besaba constantemente en la boca y en las mejillas. Quería sentirlo todo, experimentarlo todo. Esto era humano. Besé todo su cuerpo cada recóndito, de arriba abajo, deje que mis labios se pasearan por su cuerpo y ella me lo permitía, sabía que yo necesitaba acariciarla de esa manera, eso me haría recordar que ella es real. La noche siguió su rumbo.

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