sábado, 12 de diciembre de 2009

Crujidos que abrigan. Primera Parte

Siete de la mañana. El despertador sonaba con gran fuerza. Me encontraba somnoliento y ese ruido era como una tortura. El sol entraba con brillo insoportable por las persianas recién abiertas. Mi buen humor retornaba lentamente y mi cuerpo retomaba sus sentidos. Estaba feliz, siempre estoy feliz. Soy feliz. Me senté en la cama, era muy grande para mi cuerpo y mi ser, otra persona pudo haberse acurrucado a mi derecha, y sentir el calor que sus sábanas daban en la noche. Abrazarme a mi cuerpo y escuchar conmigo los hermosos sonidos del pantano por las mañanas, los grillos, el suave cantar del agua y los árboles chocando sus ramas mientras se balancean con el viento.

Me puse de pie y salí de la habitación. La cama ya estaba hecha, así que no me tome la molestia de realizar la labor. Camine por el pasillo y baje los escalones, tenía mucha hambre. Mis días son mejores con el estomago lleno. Las tablas desprendía un bello sonido al majarlas y el olor a pino se liberaba. Esta casa era vieja, mi antigua Penélope, no recordaba muy bien como la había conseguido, pero era acogedora y segura. Era mía y solo mía, pero había momentos en que su grandeza me intimidaba, y me sentía desolado, sin nadie a quien acudir, el contacto humano me hacía mucha falta y Penélope no me daba lo que necesitaba.

Al llegar a la cocina, vi que la mesa ya estaba puesta. La comida humeaba por lo caliente y recién hecha. Un par de huevos, una tostada y embutidos. Me senté, tome el vaso de la mesa y me refresque con el delicioso jugo de naranja. Comí con paciencia, no estaba apurado, no estaba tarde para llegar a mi trabajo. Jugaba con mi comida y luego la llevaba a mi boca, estaba deliciosa. Al terminar me levante, recogí los platos y los lleve al lavabo, me encargaría de ellos después. Fui al baño, mi ropa estaba lista en el perchero.

Ya eran las ocho y media. Cerré la puerta delantera de la hermosa y blanca Penélope. Tome una bocanada de aire y la exhale, este iba a ser un buen día. Con una sonrisa lo empecé y seguiría así hasta que llegase a la casa nuevamente por la noche, estaba seguro de ello.

“Bueno mi querida Penélope,” le dije con suave voz, mientras le acariciaba el marco de la puerta, “me voy por un momento, volveré por la noche. Me darás abrigo nuevamente para entonces, así no te preocupes, que no querré a otra casa como a ti.”

Mientras me alejaba de la puerta con vitral hecho a mano y de colores pálidos que hacían juego con el blanquísimo resplandor de su color, experimente la extraña sensación de como tablas y remaches de la enorme casa suspiraban enamorados por un dueño tan cariñoso.

Yo trabajaba en una pequeña empresa, el dueño era mi amigo, usualmente lo invitaba a mi casa, era lo más cercano a un confidente. Hace unos años él me despachó. No recuerdo muy bien las razones, pero sí recuerdo que me molesté mucho. Recuerdo haber arrojado cosas y golpear fuertemente la puerta al salir. Mis reacciones en el pasado no eran siempre las mejores, mis ánimos se caldeaban fácilmente y explotaba en rabia por diferentes razones, inclusive las más simples. Perdí una amistad que valoraba mucho, pero eso no me importó, mi vida continuó sin ningún problema.

Ahora trabajo en una pequeña oficina. Creo ser abogado, tengo muchos libros sobre leyes en mi escritorio, los he leído varias veces; conozco mucho sobre casos penales. Esta oficina es un tanto obscura, las persianas están dañadas, intente arreglarlas alguna que otra vez, pero terminaban estropeándose; eran gruesas por lo que no entraba aire, era un ambiente sofocante. Pasaba seis horas al día, revisando archivo tras archivo, todo muy mecánico y cansado. Esa pequeña habitación ubicada en la calle central del pueblo era una terrible prisión, monótona y gris, fastidio me daba con solo verla. Ese cuarto de madera de mala calidad era un especulo molesto intentando irritarme la piel y la nariz.

No entendía porque debía de llegar cada día de mi existencia a ese lugar. No tenía visitas, era un trabajo solitario. Leyendo y leyendo, escribiendo sin pensar, mi mano tomaba vida propia, ella solo se movía, el resto de mi cuerpo se perdía en la constante repetición del miembro en labor. Pero aunque en el fondo de mis entrañas esto me destruía, mi buen humor no se debilitaba o mi apariencia externa que reflejaba este sentimiento no flaqueaba, pensaba en volver al pacífico y equilibrado universo que Penélope me otorgaba, escuchar y oler sus tablones de pino, acostarme en uno de sus sillones tersos y agradables.

Salí del trabajo a las tres. Pude oler la libertad. Sudaba terriblemente por el calor de ese infierno, odiaba el trabajo, pero tenía que hacerlo, creo. Camine por la acera tratando de tranquilizarme. Tenía que hacer unas compras, materiales, estaba pensando añadirle un cuarto más a mi hermosa casa. Llegue al aserradero del pueblo, con mis ánimos nuevamente en su punto. Hable con el vendedor, pregunte sobre tablones de pino fino. Él me contestaba con humildad y serio, pero esa seriedad se sentía algo cortante, cierta molestia por mi persona podría ser lo que activaba su comportamiento. Después de mostrarme las pruebas y yo elegir la de mi gusto pasamos a su oficina. Discutimos como debía ser entregados los materiales y el accedió, solamente debía dejarlos a la entrada de la casa no debía hacerse ninguna instalación ni debía tocar el timbre, los tablones debían dejarse ahí. Saco el talonario de recibos y empezó a escribir, cuando termino lo arranco de un rápido tirón, al hacer esto note mi nombre escrito en el recibo anterior, estaba fechado a una semana atrás.

“Que interesante,” le dije con cierta curiosidad al vendedor, “ese recibo tiene mi nombre. No recuerdo haber venido aquí antes. Tal parece esos materiales no me los enviaron.” Expulse una pequeña carcajada, tratando de suavizar esa transacción sin emoción.

El vendedor me vio a los ojos con cierta duda, más bien extrañamiento. ¿En qué estaría pensando? Me pregunte. Su mirada me intimidaba. Decidí levantarme y le di un apretón de manos. Me aleje rápidamente del aserradero, sentía la mirada penetrante del vendedor en mi nuca. Dos agujeros en mi espalda marcándose con dolor. La vergüenza me invadía, pero no entendía porque sucedía.

Mi día había terminado y no deseaba pensar en el vendedor, pero mi mente no paraba de cuestionarse que tenía yo que le molestase. Caminaba rápido, quería ver a Penélope, dentro de ella estaría seguro. Apresure mi paso. Solo pensaba en las cálidas tablas de madera de su estructura, los deliciosos sonidos cuando cruje, sentía prácticamente una invitación a tocarla, a pasar mis delgados dedos por cada rincón, tenía la sensación de que ello la excitaba. Mis pasos eran más desesperados. Ya me veía sentado en la enorme sala, leyendo un libro, la hermosa chimenea de piedra encendida, el color blanco de las paredes mostrándome lo que sería estar en el cielo.

Escucharía el viento colarse por las ventanas, provocando que las cortinas floten con lentitud, y con suavidad mis oídos captarían la voz de Penélope: “Te amo, te deseo y te quiero. Nunca me dejes, aquí encontraras todo lo que necesites. Te brindo calor y tú me das cuidado. Me encanta verte sonreír cuando sientes las frías tablas con tu desnudo píe, mis crujidos y retorcijones son para ti, para verte a gusto. Nunca me abandones.”

Claro, eso es lo que me dice mi bella Penélope. Ahora caminaba más ligero. Mis pensamientos en aquella casa me hacían flotar. En mis pensamientos, besaba las paredes besaba el piso, eso le gustaba. Cuando menos lo esperé, el claxon de un autobús arranco mis húmedos labios de la casa. Vi a mí alrededor, no sabía dónde estaba. Había caminado tan veloz y sin poner atención al camino, que termine en algún tipo de festival en una de las pequeñas avenidas del pueblo. Levante la vista y vi la torre de la iglesia, me pude ubicar.

Camine con agilidad entre las personas, mi boca salivaba con la idea de una pequeña cena cocinada en la estufa de Penélope. Evite a las personas, me movía de un lado a otro, tratando de no encontrarme con algún conocido. Después de cuatro o cinco pasos me di cuenta que no era yo quien no deseaba toparme con alguna persona, eran los que integraban el festival quienes me evitaban. A mi paso se alejaban con repugnancia y asqueados de mi presencia. Todos me miraban como lo había hecho el vendedor. ¿Qué había hecho para que me odiaran tanto? No pude caminar rápido, las miradas me debilitaban, sentía una vergüenza profunda. Quería salir de ese lugar en seguida. Mire a mi derecha y ahí estaba una mujer sentada en su puesto.

“¡Oiga!” me grito con desprecio y señalándome para que aquellos que no me habían visto lo hicieran.

“¿Qué pppasso?” tartamudeé, estaba nervioso, me sentía mareado y con mucha ansiedad, pronto a vomitar.

“¿Sabe que se merece usted?”

“No lo sé” murmuré.

Ella se acercó a mí y tomó con ambas manos mi cara. Aspiro fuertemente e hizo un sonido horripilante con la garganta, con fuerza hecho su cara hacia la mía y me escupió. Mis ganas de vomitar eran ahora más fuertes. Me limpié con la mano y grite, pero ningún sonido salió de mi boca.

No sabía porque me hacían esto. Yo soy un ciudadano ejemplar, tengo mi trabajo y mi casa, no le hago daño a nadie. Pero en esta maldita avenida, en ese maldito festival (ni tenía idea de que celebraban), odie a las personas que habitaban ese mugroso pueblo. Quería darle un buen golpe en la cara de la señora, en su derretida cara por la edad. Corrí lo más rápido que pude. ¡Que se pudriera todo aquel incompetente que creyera que un festival pueblerino haría una mejor persona de si misma! Idiotas los que creen que estar en una masa de insensibles que piensan con indiferencia, harán de esta ciudad un lugar más amistoso. ¡Por Dios! Nadie se habla como si fueran amigos, todos se comunican pero no sienten, nadie sabe el nombre del otro. No existe la relación simbiótica en la que vivo con Penélope.

Salí del tumulto, con varios golpes en la cara y en mi estómago, pero pude escapar. Cuando llegue a las verjas que protegían a la majestuosa Penélope, solté lágrimas. Estaba por fin seguro, ella me protegería, asustaría a cualquier intruso, lo haría pedazos. Ella me amaba y por eso me protegería. Abrí con excitación los portones y vi cerca de la entrada los materiales que había comprado. Me emocione, mi corazón palpito fuertemente, por fin Penélope tendría un bello muelle al pantano.

Con lentitud y disfrutando cada instante con pasión, me acerque a la casa. Quería contemplarla antes de entrar, era como el preludio a un evento emocionante, al climax, justo después de la penetración. Camine alrededor de los cimientos viendo cada doblez, cada ventana, cada talladura en la madera. Al llegar a la parte posterior, vi una luz. Me acerque, era un pequeño invernadero. Nunca lo había visto. Conocía tan bien a Penélope, pero tenía sus sorpresas. Encontrar algo nuevo en ella, me hacía calentaba las entrañas, me daban ganas de gritar extasiado. Entre en la estructura de vidrio y metal, se formaba un diseño bellísimo, como un crucifijo, con dos aleros. Colores por doquier, las flores, las petunias, las rosas, las orquídeas llenaban el lugar y la luz del techo era suficiente para iluminarlas y presentar sus pétalos con rocío.

Salí con mi cara iluminada. Tal acto de belleza que exhibían las flores de aquel invernadero me inspiraron en la forma del futuro muelle; extensión del cuerpo de Penélope. Me sentaría a contemplar los rojos, morados y amarillos del atardecer, mientras las puntas de mis dedos rozan las tablas de madera, la piel de mi sensible hogar.

Con suavidad le di vuelta al llavín de la puerta delantera y entré. Una brisa cálida me susurraba al oído con delicadeza “bienvenido”. Suspire, mi cuerpo se sentía vivo y a punto de explotar en placer.

Me despoje de mis zapatos y medias para sentir las fibras de los tablones de pino. Escuche craquear la madera, mis oídos estaban complacidos. Me moví con lentitud y con gracia hacía el lavabo para limpiar los platos del desayuno, pero no los encontré donde los había dejado. Me di la vuelta y miré una deliciosa cena en la mesa. Esto lo disfrutaría mucho, me haría olvidar los terribles eventos de la tarde.

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