lunes, 8 de febrero de 2010

El Santísimo. Primera parte

Lidieth Romero escucho los torpes pasos. Ecos de zapatos pesados golpeando fuertemente las piedras del camino. Ella salió de la terraza de su casa e intento ver entre la neblina. Sintió un poco de miedo mientras el sonido aumentaba cada vez más. Ahora las pisadas no era lo único que se oía, la respiración fuerte de una persona se podía percibir. Suavemente de entre lo blanco apareció una muchacha. Era alta y delgada con el cabello claro, parecía estar llorando y tropezaba constantemente con las rocas sueltas. La señora Romero se dirigió a la muchacha pero con mucha precaución.

Al tenerla al frente suyo, Lidieth le pregunto si le pasaba algo, no encontró respuesta alguna, en seguida le colocó la mano en el hombro y la llevo adentro en su casa. Ahí la sentó, decidió traer algún trago fuerte para sacar a aquella misteriosa persona del extraño trance que poseía. Después de un momento, volvió a la mesa con un café colado bien negro, lo coloco en la superficie con suavidad, sentía una gran curiosidad, quería saber que le pasaba a esa hermosa extraña. La muchacha no parecía parpadear, no se movía, parecía estar sumamente asustada y su respiración no bajaba, era constante y pesada.

La señora Romero decidió dejarla en paz pero aún así en su cabeza eran construidas ideas de lo que posiblemente le habría pasado a su visitante, su mente la asustaba, la preocupaba y le hacía pasar emociones. Ella vivía una vida aburrida en aquella montaña fría y sentía que esta fantasmal mujer que estaba a su mesa significaría ser el centro del chisme rural, de las coloridas palabras de sus lejanas vecinas. Con tranquilidad se levanto de la silla y se acercó a la muchacha y le dijo que estaría en la cocina limpiando, se dio vuelta pero algo húmedo le detuvo el brazo. Era frio y viscoso. Sintió un dolor en el pecho, estaba atemorizada. Con lentitud, Lidieth trago fuerte y vio que era lo que la detenía.

Cuando converse con ella, lo único que me dijo fue que gritó fuerte y corrió por la puerta hacia la calle. Realizo por lo menos un trayecto de dos kilómetros y medio hasta llegar a su vecina más cercana. Allí llamó a la policía. El oficial Rolando Gómez llegó al lugar veinte minutos después, encontró a la muchacha inmóvil sentada frente a la mesa, tal como la había dejado la señora Romero. Cuando el oficial se acerco, como un acto automático y robótico, la extraña levanto su brazo derecho y mostro aquello que le había asustado tanto a Lidieth.

Revise el reporte del oficial Gómez y miré las fotografías que se habían tomado. La muchacha fue identificada como Aurora Solís, su mano derecha estaba cubierta de sangre, tres dedos estaban quebrados y ninguno de ellos tenía uñas, prácticamente la piel se había desgarrado tanto al punto de mostrar el hueso. Trataron de conversar con ella por más de cuatro días pero Aurora se mantenía callada, siempre con la vista perdida en el horizonte y sin parpadear. Se le pidió a la señora Romero que la cuidase hasta que se compusiera, algo que acepto a regañadientes.

Tres días más tarde, Aurora amanece gritando con fuerza, la señora Romero corrió pensando lo peor hacia la habitación. Estando ahí, encontró a la muchacha llena de lágrimas, sangraba en la entrepierna. Solo bastó un abrazo y palabras reconfortantes de Lidieth para que Aurora hablara de lo que le había pasado aquella tarde nublada.

Con mucho miedo y, según lo que me comentó la señora Romero, mucha ansiedad al punto de estrujar tanto la almohada hasta liberar todo su contenido, Aurora explicó que ella tenía un novio, su nombre era Ricardo Calasanz. Según ella era un muchacho muy cariñoso, muy tierno y atento, ella sentía que la amaba y que estaban a punto de casarse. Ambos vinieron a la localidad a vacacionar, les encantaba un pueblo tan hermoso como el de esa montaña. En el viaje, Aurora pensaba darle la noticia a Ricardo, de que ella estaba embarazada, algo que la alegraba mucho, pues era un compromiso que los uniría aún más como pareja.

Lidieth me describió la escena, cuando Aurora hablaba de su futuro bebé, una sonrisa enorme aparecía en su rostro, la habitación se iluminaba. Ella pensaba que solo era su imaginación, pero era algo extraño, algo que nunca había visto. Tan rápido como los bellos pensamientos provocaban ese brillo enceguecedor, la habitación se obscureció. La historia se volvía ahora más tenebrosa, y de la mano herida de Aurora volvió a brotar sangre. Le contó a la señora Romero que el novio no se encontraba bien, en ese día le habían despedido del trabajo y hace unas semanas, su madre había cortado relación con él. Al anunciarle la venida del regalo de vida, el se volvió histérico, caminaba de arriba abajo balbuceando e insultando el sagrado cuerpo de Aurora.

Rápido como un felino con rabia, Ricardo tomó la mano de la muchacha con fuerza y empezó a restregar las delicadas uñas de su presa por su muñeca siguiendo la línea de las venas. Aurora lloraba desconsolada, pedía ayuda, pero sus gritos se ahogaban en los confines del frio bosque de montaña, nadie los veía, la neblina era espesa. La terrible escena se desarrollaba en el agradable blanco de la virginidad. Cuatro horas pasaron hasta que las uñas rotas y huesos expuestos de Aurora tocaran las venas de Ricardo, él se desangró rápido y al caer al suelo golpeo su cabeza en una gran piedra.

La señora Romero sintió un deseo de enfermarse ahí mismo. Ella vio como la muchacha que permanecía en su cama ensangrentada volvía a un llanto aún más terrible, con gritos que podrían romperles el alma a los ángeles más fuertes de corazón. Pensaba con pena y dolor que aquella criatura estaba pagando los embates de una discusión que se transformó en el símbolo de la debilidad humana en su naturaleza no cristiana. Sin vacilar, Lidieth corrió por el teléfono y llamo por ayuda.

Cuarenta y cinco minutos después de que trasladaran a Aurora a la clínica del pueblo, le avisaron a Lidieth que la muchacha había perdido al bebé, también le expresaron que ella debía mantener reposo y no era recomendable que regresara. Con gusto, la señora Romero decidió acogerla en su casa para darle los debidos cuidados.

Al día siguiente en la hora de almuerzo, la señora Romero vivió algo que ya había experimentado y esta vez convencida de que no era su imaginación, decidió hacer algo al respecto. Una fuerte luz iluminó todo el comedor, era exactamente aquella que vio en el cuarto donde se encontraba Aurora. Entreviste a varios vecinos de la localidad, esa luz se visualizó por todo el pueblo, algunos me dijeron que pensaron sobre el calendario maya o la llegada de Cristo.

En el archivo de los oficiales de policía, mostraban fotografías impresionantes de la fuente de esa extraña luz blanca. Al principio no se nota muy bien la forma, pero las siguientes tomas mostraban lo impensable. El cuerpo coincidía con la descripción que Aurora había dado de Ricardo, pero de sus ojos y boca bien abiertos, un haz de luz blanco era disparado. Las heridas en su muñeca demostraban el reconocimiento positivo del cuerpo. Al día siguiente, los diarios mostraban al joven como un castigo del demonio, como al demonio mismo.

Lo que sucedió los siguientes días, nadie lo hubiera predicho. Cinco horas después de encontrado el cuerpo, la luz desapareció y los cambios químicos naturales hicieron lo suyo con el cuerpo. Los restos pasaron por el proceso de putrefacción de años, tan solo en minutos. Desde ese momento el pueblo entró en una etapa lúgubre, de expectativo y sospechosos de que algo sucedería que no sería de agrado para nadie.

A las dos de la madrugada del día siguiente, al señor Carmona lo despertó un olor a incienso fuerte, casi asfixiante. Al levantarse y encender la luz del cuarto, noto que el piso estaba cubierto por ceniza blanquecina y al poner los pies sobre ella, un dolor intenso subió por su pies, piernas y caderas, dejándolo totalmente inmovilizado. Arrastrándose por el piso, y según él, con la sensación a muerte en su espalda, vio sorprendido, al salir de la casa, de donde provenía ese fuerte olor a bendición. Todo el terreno cultivado había ardido, todo quemado por un fuego violento que solamente afecto su parcela. Y el humo subía y solamente entraba en su casa.

Al amanecer, los vecinos se acercaron a ver tal espectáculo. Uno de los testigos me dijo que aunque el fuego había sido apagado hacía horas, el extraño humo seguía introduciéndose en la casa del señor Carmona. Los doctores me explicaron que había quedado paralizado desde la cintura hacia abajo y que su condición parecía de un adulto de noventa años por lo menos (el señor solo tenía 53).

A las doce mediodía, mientras almorzaban las familias, el clima cambio drásticamente. Mis informantes clave, a la hora de llegar a este hecho, vuelven la cara con miedo, no desean recordarlo, es un tema tabú en el pueblo. Fue el sacerdote de la comunidad quien me hablo al respecto:

“El calor aumentó como las llamas del infierno. Yo veía en mi oficina como el termómetro pasaba de quince grados a treinta y cinco en segundos. Era un calor que nunca se había experimentado en esta zona… las personas salían, algunos rezaban por lo que pasaba, otros no les tomó importancia… fue durante la misa de tres que sucedió, lo recuerdo muy bien, sentía que ya estaba preparado para Dios nuestro señor, me separara del mundo terrenal. Yo les pedía calma a los presentes, les decía que seguramente lo que sucedía era algún tipo de señal de los cielos, y no me equivocaba, vea como terminó la cosa… mientras hacía la comunión, un resplandor anaranjado se veía por el vitral del Cristo resucitado. Un calor de llama y un olor fuerte a incienso se sentían dentro del templo. Salimos en seguida… (Mantuvo silencio por varios minutos y lloró, se llevó la mano al pecho, un ambiente de pesadez se sentía en el ambiente) lo vi, todos los que estábamos ahí lo vimos, sin ninguna esperanza, sintiendo como Dios nos abandonaba. Toda la ladera, donde los cultivos de varios agricultores de aquí, se encontraba en llamas y del cielo empezó a caer una ceniza extraña, algo que nunca había visto. Era el final, les dije a todos que entráramos al templo y que preparáramos nuestras almas, pues era el juicio final…”

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