sábado, 20 de febrero de 2010

Confites

“… que los cumplas feliz” terminaba la conocida canción y todos aquellos presentes comenzaron a aplaudir y reunirse cerca del pastel esperando una tajada de lustre dulzón y suave relleno. Ricardo sacó su cámara y empezó a tomar fotografías del grandioso momento que vivía su hijo. Todos felices en cada una de las tomas, ciertamente serían el recuerdo de un agradable y querido cuarto cumpleaños. Ansiosos, los amigos de Luis le preguntaban a su madre cuando romperían la ansiada piñata, ella respondía con una gran sonrisa que sería el gran final de la hermosa velada.

Después de probar aquel pastel de helado, empezarían los juegos infantiles. El perfecto momento para que padres e hijos fortalecieran, por lo menos una vez en ese año, sus relaciones. Las madres y padres olvidaban por un momento las peleas de custodia y sus hijos olvidaban los maltratos físicos provocados por sus padres. Un cumpleaños era una excusa para ser una familia de fotografía.

Risas y felicidad inundaba la casa de Ricardo y el gozaba ver a Marta y a Luis sentirse a gusto con la fiesta que él había planeado. Los besaba constantemente con la idea de que al terminar el día todo sería mejor y más tranquilo, específicamente para él. Los niños jugaron con gracia, los adultos conversaban relajadamente, era un día especial para todos los presentes.

Luis era el más feliz, aunque en algún futuro no recordaría esta fiesta de cumpleaños, sentía que era el evento más especial que habría vivido en toda su vida. Veía a sus amigos fuera de la escuela y jugaba con ellos, su sonrisa de gran felicidad sería una posible inspiración para muchos de los adultos presentes. Sus ojos grises eran cautivadores provocando pellizcos en sus enormes cachetes. Marta lo quería mucho, siempre lo abrazaba y constantemente le compraba regalos, en sus días libres lo llevaba a pasear a sus lugares favoritos: el parque, los juegos electrónicos, entre otros. Luis era muy consentido y vivía feliz pues sabía que sus padres lo amaban. Ricardo, aunque era estricto, le ayudaba en cualquier cosa, siempre estaba presente para Luis. Las tareas y proyectos grandes eran hechos por Ricardo; a Luis le enseñaban como ser irresponsable por amarlo tanto.

La fiesta de cumpleaños era una razón para presumir. Los presentes se darían cuenta que la familia Corrales era una muy unida, los tres siempre felices y siempre dándose apoyo. Claro, entre los invitados se intentaban crear rumores para bajar a aquella familia de las nubes. También, tal imagen de perfección provocaba entre los presentes tal envidia que daría como resultado peleas al llegar del evento infantil.

Después de los juegos donde todos los niños fueron ganadores de premios especiales, Marta salió con lo más esperado de la fiesta. Era una enorme piñata con forma del personaje de moda de las caricaturas. Ricardo entusiasmaba a los niños diciéndoles que dentro estarían los dulces más deliciosos del planeta. Todos estaban preparados para tomar el palo y pegarle a ese monstruito para sacar el preciado tesoro. Con cuidado Ricardo colgó la piñata en el techo del garaje y luego cerró el portón “para que no se escapara ningún confite”. ¿Quién sería el primero en traer aún más alegría a la fiesta?

“¿Quién será el primero en pegarle al bichillo este?” pregunte con muchas ansias. Todos los niños saltaban levantando la mano, todos querían ser el primero, el que llevaría la batuta y destruiría al monstruito. Los veía a todos con desprecio todos esos mocosos, sucios y malolientes. Criaturas egoístas y sin idea de que existen otros además de ellos mismos. Los veía rodeándome, sentía sus manitas tocándome los pantalones y pidiéndome casi con lágrimas ser el primero en romper la piñata. Los aleje de mi un poco y con una falsa sonrisa les dije que el cumpleañero debería ser el primero, el que debe dar la alegría a sus amigos.

Termine de colgar la delicada piñata y tome el extremo de la cuerda para subirla y bajarla. Engañarlos con esa cosa de colores, serían como peces en el agua atraídos por el anzuelo llamativo. En mis entrañas me reía con fuerza, estaba preparado para lo que iba a suceder, todo al final se volvería mejor y yo volvería a ser la persona que alguna vez fui hace cuatro años. Con felicidad mi hijo tomo el palo y me dio las gracias abriendo enormemente sus grises ojos. Por un momento decidí detenerme, detener todo el plan, pero no pude, tenía que seguir mis convicciones y terminar con esta mierda rápido.

Cuando fui a mi lugar, cerca de una columna, volvía a ver a Marta, sus ojos se iluminaban al ver al enano sosteniendo el palo de madera. Parecía que pensaba que Luis era ya un niño grande que podría valerse por si solo. Que tonta era. Ella perdió su razón en la inocencia de un simple y común niño, todos los presentes se habían perdido en la misma maraña de estupideces. Me revolvía el estomago pensar que ese pequeño amanerado (gracias a Marta con sus ideas melosas de abrazar al cagón ese), obtenía toda la atención, que un simple chiste sin sentido o un cuento mal contado, haría reír a todos los adultos.

Marta, parecía estar orgullosa de su niño y él le devolvía la cara con su cara de “mamá mírame, soy el primero en este juego inútil y por eso soy el que supera a todos estos niños tontos y sin rostro, que son mis amigos solamente porque tienen mejores juguetes que yo”. Qué asco. Ambos se miraban y se perdían en ese sentimentalismo tan desagradable. Ella era suya, Marta era la esclava de ese niño sin ideas concretas, por favor, ni podía pensar por si mismo, yo tenía que hacerle todas las benditas tareas todos los días porque ella era tan débil. Me obligaba a ayudarlo a apoyarlo, solo lo volvía más flojo e incompetente, le enseñábamos como aprovecharse de los demás. Era solamente un niño y Marta dejó de amarme.

Grité que ya era hora de golpear la piñata. Estaba agitado de felicidad, mi plan funcionaría. El imbécil empezó a agitar el palo, casi golpeando a los adultos y niños a su alrededor. Yo subía y bajaba la piñata, me reía, me divertía viendo como ese mono se caía y se golpeaba las rodillas tratando de acertar. En mi pecho sentía la ansiedad de darle el premio fácil, de acabar con todo, pero quería ver como en su cara se mostraba el sentimiento de desesperación por no obtener su cometido.

“Ricardo, creo que es hora de que otro niño lo intente,” me decía Marta, con una sonrisa que significaba una orden para darle el gane a Luis “creo que se están impacientando ¿no crees querido?”

“No mi amor,” le dije con seguridad y con la cara grave “creo que el cumpleañero debe tener la mayor cantidad de tiempo.”

Ella se alejó asustada, lo pude sentir. Por fin pude decidir por primera vez sobre el mocoso y ella se tuvo que doblegar. La amo tanto, pero su falta de juicio me enoja. Volvimos al juego, arriba y abajo los colores llamativos. En mis manos sentí el poder, me sentí como el dios que lo puede controlar todo. En mi cara ya no se reflejaba una sonrisa de felicidad sino de excitación. Pude sentir que algunos de los invitados murmuraban mi nombre. Sentí que ya era hora. Baje la piñata para que estuviera al alcance de Luis.

Ricardo bajo la piñata para que estuviera el punto exacto para que el querido niño la golpeara con facilidad. El palo de madera debilito la estructura, faltaban golpes más fuertes para que la piñata se rompiera. “Más fuerte, con huevos Luis” le gritaba Ricardo desde la columna, su cara estaba roja y sudaba mucho. Los invitados murmuraban que era injusto que Luis rompiera la piñata sin que los otros niños lo intentaran. Luis lanzo dos golpes más hasta que el papel mache cedió

Felices y con mucha velocidad los niños se acercaron para recolectar los preciados y deliciosos confites. Gritos en vez de risas se escucharon, y del techo vidrios y metales filosos caían sobre los niños. Los colores de los restos de la piñata se volvieron al mismo tiempo en rojo. Luis vio asustado y sin esperanzas en sus grises ojos como una pieza grande de cristal se dirigía a su cara, fue un golpe certero al ojo izquierdo y le atravesó la cabeza. Otros niños recibían cortes en sus cuellos derramando el joven y vital líquido.

Ricardo se resguardaba detrás de la columna, mientras que los demás padres rescataban a sus agonizantes hijos. Algunos intentaban abrir el portón pero estaba cerrado con candado. El piso se volvía resbaladizo por la sangre haciéndoles perder el equilibrio y no poder forzar la entrada a la casa. Llanto era lo que se adueñaba del garaje y ni una sola nota infantil era escuchada.

Vi a todos esos mocosos caer al suelo con gran felicidad, era mi escape, mi libertad lo que presenciaba en ese momento. Volví mi mirada, con la sonrisa demoniaca, y vi a Marta. Ella lloraba al lado de Luis, lo abrazaba tanto que sus manos se lastimaban con el trozo de cristal que tenía en su cabeza. Por un momento el sentimiento de culpa se adueño de mi cuerpo, caí de rodillas y solté una que otra lágrima, pero cuando vi detenidamente el cuerpo inerte de Luis, la felicidad me acogió nuevamente.

Me acerqué a Marta y con fuerza la obligue a que me besara. Sentía su amor cerca nuevamente. El mugroso niño que yacía muerto en el centro del garaje, ya no sería un estorbo nunca más. Acosté con todo mi poder a Marta en el piso y le dije que los dos estaríamos solos nuevamente, que ella tendría desde ese momento en adelante, la obligación de amarme. Ella intentaba salir, pero la golpee para que dejara de forcejear. Uno de los invitados me trató de separar de mi querida pero tonta Marta. Al ver que no la dejaría ir con facilidad tomó uno de los metales y me lo clavo en la pierna, la solté, pero estaba seguro que la volvería a tener cerca pronto.

Los demás invitados encontraron una salida y ayudaron a Marta a escapar. Mientras tanto Ricardo no podía levantarse, estaba tirado en el sangriento piso. Con facilidad se movilizó hasta el cuerpo de su hijo y rió con fuerza, se sentía el ganador. A él lo mimarían por siempre. Respiraba hondamente y con fuerza, pasaba su lengua varias veces por sus labios. Ese era su confite, ese era su premio, su hijo muerto. Sentía, mientras gozaba en la sangre, como le haría el amor a Marta, sería salvaje pues ella tenía la obligación de hacerlo de ese modo. Con agilidad Ricardo se estiró y mordió la pierna de Luis, le arrancó un gran pedazo. Disfrutaba este confite, era de los más sabrosos del mundo, pero era muy grande. Al tragarlo no bajaría por su garganta, su cara se puso azul y el aire no le entraba ni salía. Ricardo miró antes de morir con enojo a su hijo y pensó lo egoísta que era Luis, tan egoísta que inclusive muerto le quitó su libertad.

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