miércoles, 6 de enero de 2010

Ideas y pensamientos en un viaje. Dos

Las luces de la carretera pasaban intermitente al interior del autobús. Las sombras se mostraban y desaparecían con la presencia de la siguiente lámpara de luz color naranja. La noche mostraba los secretos de la ciudad y los residuos urbanos de lo que pronto sería un desierto. Gente vagaba por las aceras y drogadictos me mostraban las técnicas para darse el viaje.

Estaba completamente solo. Era el único pasajero en un viaje largo. Miraba por la ventana todo lugar que me mostrara el recorrido. Pensaba en lo horrible que es la ciudad por las noches. Como la falta de luz no ayudaba en esconder la evidencia de lo desagradable que era el ser humano. Actos egoístas deterioraban las ya visibles ruinas de lo que alguna vez fue el agradable ambiente urbano. La ciudad cambiaba todo; aquel que pisara sus terrenos infértiles y sin color real no sería la misma persona que fue alguna otra vez.

Ideas son alojadas a la fuerza dentro de las mentes de los ciudadanos. Ya no muestran compasión, me lo mostraba una escena de homicidio que apareció justo frente a mi ventana. Era desagradable, las sombras en los edificios, las personas que caminaban con rumbo desconocido. El odio de la ciudad me entraba en las venas, odio hacia los demás. Me daba asco ver personas.

La ciudad produce lo terrible, es símbolo del progreso oxidado. Deja en su paso desperdicio, va botando lo que no se ocupa y nos dice: aquí esta lo bueno, en este lugar invadido por la existencia humana, usted será uno de nosotros. Sí, eso es lo que siento, eso es lo que me dicen. Y cuando uno es parte de esta mole de concreto, solo deja de pensar, ya los demás no son nada, el desperdicio es desperdicio y los pobres tirados en la calle son solo manchones de suciedad.

Nadie es nadie y todos son uno mismo. Uno es el que importa, ya no existe el nosotros, no existe esa esencia y no creo que vuelva dentro de este lugar. Un ejemplo que me puede hacer hervir la sangre aún más es caminar. Esquivándose todo ser que se le meta en frente. No son humanos, uno ya no los ve así, son estorbos, eso es, la gente estorba y no me deja pasar. ¿Será que no se dan cuenta que uno va apurado? ¡No tengo todo el día! Grita con furia aquel joven que está harto de verse inmerso en la misma maldita situación. Nadie se quita, son una barrera. Simplemente es un retroceso, nos venden calor humano pero lo que buscan es solamente aumentar el ego o los bolsillos o ser parte del nosotros que no existe, no sé. Pensar en esto de esta manera me confunde. Solo espero que yo no sea el único que se esté dando cuenta de que algo que nos une, separa.

Separa. Recuerdo la fiesta, estuvo divertida, uno de ellos contó un chiste muy interesante que involucraba una situación improbable con el dinero. Vi a la que me gustaba, la toqué, eso me devolvió esperanzas de un amor que podría no ser correspondido. Lo sentí. Estímulos de que lo esencial vive, pero agoniza. Cuando salimos un grupo de seis amigos a tomar el autobús para regresar a casa, llegamos a esta mugrosa necrópolis. Ahí paso algo extraño, solo nos separamos, solo tomamos cada uno nuestro camino. Nos dimos las espaldas y allí termino la noche. Claro, se escucho el débil sonido de un adiós, pero fue como si no nos soportáramos. Autómatas con egoísmo. Solo soy yo, solo pensé en mí, cuando llegaba a la parada, mis recuerdos no involucraban a nadie más. ¿Me preocupé por la seguridad de los demás en su camino a casa? No. No es necesario, solo soy yo en este mundo. Esta ciudad es mía.

Insultos e intolerancia afloran. Es interesante ver que el cemento y el humano provoquen el alto completo al pensamiento y al ejercicio del cuestionamiento. Aquí solo se dice, no hace falta analizar lo que se dijo. Lo escucho cada noche de la boca de mi familia, insulto tras insulto de aquellas personas que vemos, de los que no recordaremos nunca. Ellos no pertenecen a nosotros, pero todos somos nosotros. Ironía que me hace doler la cabeza. Si unos, como mi familia, creen ser mejores, como es posible que aquellos sin cara, vayan a tener su identidad. Los primeros solo construyen máscaras y etiquetas, los segundos desaparecen en ellas. Este es el fin. Exagerado para cuarentaicinco minutos de viaje, pero es algo que hay que reconocer.

Yo estoy ya perdiendo la lucha, no creo que vaya a escapar de la indiferencia en que se hunden los habitantes de las ciudades. Lo sé, acabo de ver como golpeaban a una mujer por la ventanilla del bus. No reaccione, no pensé, no denuncié. Indiferencia, una cárcel muy cómoda como lo presenta poéticamente un grupo noruego que conozco. Me pregunto ¿estará pasando lo mismo en aquellos lugares donde no ha pisado lo artificial? A la mierda todo. Al llegar a mi parada, solo me dirigí a mi casa. Lo sentí nuevamente, ahí en lo que se suponía que el calor humano es un invitado constante, cada uno es uno, la familia ha perdido la batalla.

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